Hay una diferencia profunda entre la #mirada que observa la realidad y la mirada que construye su propia realidad. Una contempla lo que existe; la otra interpreta, selecciona, transforma y da sentido a lo que percibe. La primera intenta descubrir el mundo tal como es. La segunda revela, a menudo, tanto del mundo como de quien lo mira: sus creencias, sus heridas, sus deseos, sus miedos y sus expectativas.
Nadie mira desde un lugar completamente neutral. Incluso cuando creemos limitarnos a observar, lo hacemos desde una historia personal, un lenguaje y una forma de entender la vida.
Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de distinguir entre lo que vemos y lo que proyectamos sobre ello?
Quizá la verdadera lucidez consista en aprender a reconocer dónde termina la realidad y dónde comienza nuestra interpretación de ella. Porque una cosa es mirar el mundo y otra, muy distinta, habitar el mundo que nuestra mirada construye.
Y, sin embargo, ambas miradas son inseparables: necesitamos observar la realidad para comprenderla, pero también interpretarla para encontrar nuestro lugar en ella.
La cuestión no es renunciar a construir nuestra propia realidad, sino evitar convertirla en la única realidad posible.
Mirar es percibir. Comprender es cuestionar lo percibido. Y ser libre, quizá, sea aprender a mirar sin confundir nuestros ojos con el mundo.
Habitar el mundo que nuestra mirada construye
Siguiente
Siguiente